lunes, 16 de noviembre de 2015

UN TERREMOTO Y LA DESTRUCCIÓN DE MÉXICO

Las calles olían a muerte y trapos quemados, la gente deambulaba herida, zarandeada, confundida entre ruinas humeantes y lamentos de agonía; todo estaba cubierto por el polvo blanco de la devastación. La mañana del 19 de septiembre de 1985, un temblor inmenso destruyo partes importantes de la capital de México.

Sobre las calles históricas yacían gigantes vencidos, no había luz ni comunicaciones y el agua se desparramaba de las tuberías rotas. Ante la falta de información, “México desapareció” fue el rumor que se esparció, primero en todo el país y después en el mundo.

 Aunque terremotos y huracanes son parte de la vida de los mexicanos, no se había visto, hasta aquella mañana, semejante destrucción desde la caída de Tenochtitlan.

Pero no había tiempo para llorar, los mexicanos salieron como un ejército a rescatar sobrevivientes, a desenterrar, a cavar hoyos en el concreto, a remover escombros sin más herramientas que las manos. El temblor se llevó a familias enteras; en él, hombres y mujeres perdieron hijos; niños quedaron sin padres, murieron abuelos, vecinos y amigos.

Cuando los días pasaron la única certeza del rescate era el hallazgo de cuerpos inertes, sin embargo, ante la mirada cansada y el silencio de los mexicanos, de los escombros comenzó a surgir el llanto de recién nacidos, los niños del terremoto estaban con vida. Protegidos por el cadáver de sus madres, los recién nacidos sobrevivieron bajo las ruinas del hospital Juárez. Las mujeres mexicanas cumplieron hasta el final como custodias de la vida.

Con cada rescate de los pequeños los mexicanos lloraban, se abrazaban y los viva México que lanzaban no eran sino el grito de guerra contra la muerte que los rodeaba.

Se dice que México es un enorme barco anclado en el muelle al que las tempestades no pueden hundir. Fenómenos naturales, revoluciones, tragedias puntuales, narco, ciclos criminales; y México no se cae.

Tal vez sea por todo esto que el mexicano moderno aprendió que ante la tragedia la unión es el único consuelo. Los desastres naturales nos han enseñado a proceder con orden y disciplina, a seguir las indicaciones, a respetar protocolos de seguridad, a responder a los llamados de alerta; a no correr, no empujar y no gritar en la evacuación de escuelas y edificios.

El último gran fenómeno que enfrentamos fue el huracán Patricia, el más grande en la historia del mundo y no hubo un solo muerto gracias a la organización y disciplina de los mexicanos. Este es el mejor homenaje que podemos ofrecer a las víctimas de todas nuestras catástrofes.



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