domingo, 8 de noviembre de 2015

LOS PRESIDENTES DEL ODIO

Durante más de diez años Los presidentes del odio se dedicaron a fragmentar la unidad nacional de sus respectivos países. Dividieron a sus sociedades entre ellos y nosotros. El odio alentado desde la cúpula del poder separo familias y acabo con amistades, además de establecer un clima de intolerancia para el que pensara distinto. Los estrategas publicitarios del odio y el miedo, como el brasileño Joao Santana, se enriquecieron como pocos trabajando para los gobiernos de Brasil y Argentina.
Hoy que se pide cárcel y destitución para Dilma Rousseff; y que Cristina Fernández está apunto de enfrentar su destino de corrupta, algunos especialistas reconocen que no es la crisis económica ni la fragmentación política el peor daño que dejan los presidentes de la reelección, sino el odio sembrado en cada habitante de sus países: un odio que costara años de desarrollo y gobernabilidad.
Estos gobernantes se van, pero dejan una herencia maldita, pues se estima que al menos un 40% de los jóvenes sudamericanos crecieron envenenados con el odio político y el resentimiento transmitido de los viejos; con lo cual, poco saben del acuerdo, la tolerancia y la unidad; a esto se le puede sumar el incremento explosivo en el consumo de drogas y la sustitución del razonamiento objetivo por el adoctrinamiento ideológico. Así, una parte importante de la juventud quedo convertida en cascajo social.
Hugo Chávez se encargó de dividir a los venezolanos en tiesos contra revolucionarios; Cristina Fernández divido a los argentinos en cacerolos y progresistas; Dilma Rousseff, Evo Morales y Rafael correa hicieron lo propio según el manual heredado de las dictaduras fascistas de Sudamérica: separar a las personas entre buenos y malos, dividir, sembrar el miedo, construir un enemigo imaginario y dilapidar a los que piensan contrario. Por eso, los presidentes del odio se van repudiados a pesar de algunos aciertos en política social.
Andres Oppenhaimer dice que se acaba la era populista en Latinoamérica; y en Europa vaticinan la muerte del endriago Priista-peronista-mesiánico-autoritario que se adueñó de la franquicia de la izquierda en el continente para ejercer el poder en su nombre a pesar de ser hijos del peor autoritarismo latinoamericano.
En Argentina ganara Macri (si es que no hay fraude electoral); en Brasil Lula y Dilma irán al basurero de la historia, y probablemente a la cárcel; Nicolás Maduro enloquecido bañara de sangre a Venezuela; y los dioses menores, Correa y Morales agotaran sus dictaduras desde la soledad y el aislamiento.
Para nosotros los mexicanos, que vamos en ciclos contrarios a Sudamérica, esta es una lección invaluable para no permitir la instauración del odio entre hermanos, tan útil y atractivo para el ejercicio del poder autoritario.


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