lunes, 12 de octubre de 2015

EL MEXICANO Y LA GRAN CHINGADA

La más grande de las palabras mexicanas no tiene traducción literal pues más que una palabra es un sentimiento. Traducirla, domesticarla y apropiarse de ella requiere tiempo y conocimiento del alma. Además de expresar intención y estado de ánimo, la chingada provee de identidad y patria. Cuando el extranjero adquiere los secretos y el manejo de esta palabra con certificado de origen, adquiere la nacionalidad mexicana, la categoría de igual y la capacidad de fuego para enfrentar a otro mexicano.
La palabra mexicana más grande puede hacer referencia a cantidad, un chingo; a calidad, una chingoneria; al desprecio, una chingadera; a una amenaza, me los chingo a todos; a una desilusión, ya se chingo el asunto; a la derrota, ya me chingaron; a la desesperación, me lleva la chingada.
Las palabras sagradas en el universo mexicano tienen la fuerza vital de un  joven  apasionado, fluyen con el poder que tiene la sangre en un ritual milenario, tienen la capacidad de consagración de la mexicanidad. La chingada lleva en su fonética explosiva el filo de la obsidiana que abre el pecho para extraer el corazón.
La palabra mexicana más grande puede hacer referencia a la duda de paternidad: ah chinga, a poco es mío, ni se parece a mí este bebe; también puede ser una recomendación entre amigas: no te dejes engañar, aunque tiene cara de angelito es un chingaquedito. Puede ser una advertencia materna: con una chingada que te este quieto o te doy otro pellizco. Puede hacer referencia  una decepción femenina: es un chingon pero tiene una chingaderita. También puede ser un lamento clasista: porque chingados me subí en Pantitlan, entre tanto naco me chingaron el aifon.
Puede ser una despedida definitiva: te me vas de puntitas a la chingada y no regreses hasta que ganemos un mundial.  Puede ser un momento para la victimización: me agarraron a chingadazos y yo no les hice nada. Puede ser un reclamo matrimonial a media noche: no me chingues, lo que sea que este debajo de la cama, está roncando. También puede ser un momento para la autoayuda: no tengo trabajo, me dejo mi novia, peso cien kilos, pero no me voy a suicidar porque yo, yo valgo un chingo.
La palabra mexicana más grande levanta tolvaneras, impone el silencio, eleva la presión arterial, atrae las miradas, destruye al mundo y lo vuelve a construir. La chingada crece en todas sus formas y advocaciones en sincronía con la intricada alma mexicana, vive cargada de electricidad, es una herida abierta.
Con toda su grandeza expresa nuestra historia en un grito, el grito único y sagrado de la patria: viva México hijos de la chingada.



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