lunes, 12 de octubre de 2015

EUROPA MORIRÁ POR INDOLENTE

Cada quien puede tener la cultura y la identidad que le plazca, se proclamó en Estados Unidos, Holanda Inglaterra y Francia; hoy se dan cuenta del error histórico que ha significado para su existencia el planteamiento de mosaico cultural con el que han reconstruido sus sociedades a partir del último cuarto de siglo. Desentenderse de la identidad, la cultura común, los vínculos nacionales y el patriotismo en sus habitantes término en una fragmentación social, racial, económica y cultural que produce terroristas.
Una generación a la que no se le dijo que pertenecía a un pueblo, que no se le inculco el sentimiento de pertenencia y el orgullo de grupo, que careció de toda identidad nacional, es la que ahora se pone en contra de sus propios pueblos y engrosa las filas del terrorismo antropófago que pone en jaque a Europeos y norteamericanos. En Inglaterra se sabe que un gran número de terroristas que amenazan al país son, paradójicamente, ciudadanos ingleses de sangre y religión adoctrinados por el extremismo islamico.
Lo mismo sucede con muchos jóvenes franceses y norteamericanos que no se sienten ni franceses ni americanos y mucho menos tienen vínculos emocionales positivos con el pueblo que los engendro.
Las utopías no existen; la imagen de una nación formada por muchas culturas distintas relacionándose en paz a partir de sus diferencias no es sino un sueño jipiteca que ha resultado tan peligroso y sangriento como el nacionalismo nazi. Ahí donde la identidad nacional fue retirada, otras identidades más radicales y peligrosas se establecieron.
Con las consecuencias de fragmentación y terrorismo que se viven en algunos países, la idea de un mosaico cultural variado y profuso como fundamento nacional ha quedado señalada como peligrosa para la subsistencia misma de la unidad nacional. El respeto por las identidades grupales no significa renunciar a una identidad nacional, se dice ahora después de muchos muertos y atentados. Algunos soñadores querían ciudadanos del mundo y obtuvieron terroristas feroces militantes de la violencia y los extremismos.
La realidad que se plantea para construir nacionalidades solidas es la de supeditar las identidades del mosaico cultural a una identidad superior, única e integradora cuyo sentimiento de pertenencia sea tan fuerte que promueva por sí mismo la protección y supervivencia del grupo nacional. Es decir que dentro del país se puede ser indígena, judío o musulmán pero sobre todo y antes que nada se es mexicano. La mexicanización de los emigrantes y la prevalencia de la cultura nacional sobre las identidades atomizadas parece ser el camino que nos garantice nuestra propia conservación. Al parecer el patriotismo y sentimiento de pertenencia nacional es el antídoto contra la destrucción y la dispersión de los grandes países receptores de migrantes

VENEZOLANOS EN CHANCLAS PERPETUAS

El número de venezolanos viviendo y trabajando en México se ha duplicado los últimos años. Quien piense que lo que le sucede a Venezuela a los mexicanos no nos afecta, está equivocado.
Se dice que lo sucedido a este país sudamericano no es un tropezón que podrá enmendarse en algún momento, sino la cancelación de un futuro promisorio para muchos años. Venezuela es un país sudamericano que culturalmente pertenece al caribe; y es el caribe la región más atrasada de la atrasada Latinoamérica. Si juzgamos por los resultados en la Venezuela del comandante supremo podemos afirmar que lo mencionado es verdad.
Este es un país sin industria cuyos ingresos dependen en el 96% de petróleo. Se habla de una escasez severa de alimentos, medicinas y energía eléctrica. Se menciona que la fuga de recursos monetarios y humanos no tiene parangón en américa Latina y el mundo, y que el manejo macroeconómico los últimos 15 años ha sido deplorable y sinsentido: un 45% de las ventas de petróleo se destina a subsidiar a Cuba y a otros países del caribe. El gobierno venezolano mantiene en secreto el recorte presupuestal a la mayoría de los programas sociales mientras que el presupuesto para el ejército y para la propaganda de telesur se duplico el último año.
Se dice que el glamour de los uniformes militares y las boinas, de los títulos de comandante y revolucionario, han enloquecido a un tipo de latinoamericano obnubilado por los héroes y los personajes ficticios, por los caudillos, los mesías tropicales y sus apóstoles. Una mentalidad latinoamericana inmadura que busca en los superhéroes la realización de un sueño tan irreal como peligroso. Hacer de la nación un campo de pruebas, un laboratorio es jugar a los volados con el destino de millones de personas. Los venezolanos lo hicieron con su país y hoy tenemos los resultados.
Venezuela no verá la luz de la democracia en muchos años, o tal vez nunca, porque el recurso humano está sumamente dañado, los años de culto a la personalidad del líder supremos y los valores humanistas torcidos por la manipulación casi religiosa y omnipresente de sus ideólogos, han obrado en la trasformación de este pueblo que protesta por hambre pero no por la falta de libertad y democracia.
Las ficticias revoluciones sudamericanas fueron muy exitosas en la construcción de un relato que se creyeron ellos mismos. Hoy, ante el recuento de los daños se puede constatar que nada o poco ha cambiado. Venezuela, Argentina, Ecuador y Bolivia no son sino dictaduras disfrazadas. Sin embargo, este capítulo sudamericano está lejos de terminar: la retirada de la marea populista será lenta y costosa; la agonía de las repúblicas revolucionarias será prolongada.
 Una vez más Latinoamérica nos ofrece valiosas lecciones sobre lo caro que nos puede costar no domeñar al ingenuo salvaje que vaga aun por el continente.


LAS PROVINCIAS PERDIDAS

La verdad es que el mito de los estados con aspiraciones independentistas ha sobrevivido y colmado la fantasía de  virreyes provincianos y de pueblerinos resentidos contra la gran ciudad. No solo pasa en México sino en todo el mundo; sin embargo, en nuestro caso, solo por labor social es necesario  parar el desenfreno mental de adolescentes y analfabetas que plantean la existencia de separatismos regionales en México.
Para empezar en este país no hay un solo estado que cobre impuestos, los impuestos los cobra la federación y los reparte en todo el país, lo cual es muy cómodo para los gobernadores que solo reciben dinero para gastar sin el menor esfuerzo; tampoco existe el estado que pueda sobrevivir con los impuestos que pudiera recaudar por sí mismo; se dice que si el Estado de México considerado el más rico del país se independizara, su estatus económico como nación sería el de un país centroamericano con muchos problemas.
Para independizarse se requiere de sociedades activas políticamente, bien educadas, exigentes y convencidas de los beneficios económicos que obtendrían al separarse del país; eso no existe en la provincia mexicana donde yace en muchos lugares el atraso educativo y cívico de la sociedad. Muchos ni siquiera son capaces de controlar a sus gobernadores ni de organizar a sus municipios, ni de procurarse lo mínimo que exige un país; seguridad. Mucho menos podrían fundar una nación. El hoyo económico del México de hoy son los gobernadores de los estados que no tienen quien los audite y los controle. La crisis de gobernabilidad que vive México es causada por los gobernadores provinciales.
El mexicano culto, informado, exigente, vive en las grandes ciudades y es en estas donde se promueve la integración económica y social de todo el país más que su división, por la simple razón que las ideas separatistas así como los regionalismos  son distractores y manipulación política de caciques locales sobre sus poblaciones ignorantes.  Ni California y Texas que por sí mismas son economías enormes encuentran beneficios reales al separarse de estados unidos por la sencilla razón que su poder reside en formar parte de un todo; así lo entendió Europa y formo la comunidad europea. La misma Cataluña corre el peligro de convertirse en el país más pobre de Europa si logra su separación de España.
La inversión extranjera que llega a los estados es por las ventajas que representa el ser mexicano; por la sinergia que genera el compartir  puertos, universidades, carreteras, recursos humanos calificados, certidumbre jurídica, una cultura común; lo que le da valor a cada región de México es ser parte de México.

Con nuestra historia trágica de haber perdido más de la mitad de nuestro territorio, el plantearse la idea de un estado con aspiraciones separatistas es traición a la patria, traición a México. El valor que tenemos como mexicanos es el que surge de nuestra unidad, de nuestra historia compartida, de nuestra cultura común, de nuestro orgullo de llamarnos mexicanos, del idioma secreto que solo nos pertenece a nosotros y que nadie más comprende, de nuestra música y nuestro arte, de nuestro sentido del humor, de nuestra comida y nuestros sueños.

LAGRIMAS EN TLANEPANTLA

El espectáculo del fin del mundo recorre las calles de México.

Tlanepantla a las 9 de la noche. Era muy joven y muy delgado, me mostro su rostro, sus ojos tristes, su boca seca que era una grieta de salitre. Calzaba sandalias, me hablo con un acento lejano pero familiar. Me pidió una moneda para comprar agua y comida. Al mirarlo quede petrificado cuando vi que el migrante centroamericano traía todo el fulgor de mi ciudad contenido en el brillo de una lágrima.
Tlanepantla es una orilla en el valle de México, es industrial y muy urbanizado. Posee anchas avenidas, modernos puentes y un tren suburbano de primer mundo. Este lugar no es una estación más en el largo camino de la bestia, es el primer punto de encuentro del migrante centro y sudamericano con el mexicano de la gran ciudad.  
La fragilidad del joven migrante me lastimo al contraste con la inmensa soledad del bulevar Reyes Heroles; seguro en Honduras no sabían que las noches en el valle de México son heladas e imposibles de soportar con una playera delgada. En el salvador debían desconocer que la geografía mexicana es un desafío que no se puede afrontar en sandalias. En Guatemala seguro ignoraban que las calles del México industrial son enormes y poco transitadas.
Al darle una moneda al migrante, pensé en el país tropical que se quedaba atrás, pensé en alguien que lo esperaba en Tegucigalpa, me preguntaba por quién se atrevía a cruzar medio continente, que nombres guardaba como único valor en su mochila, con quien soñaba en El salvador, como iba a resistir el olvido de Nicaragua. Pensé en los mutilados por el tren, en los devorados por la bestia, en los extorsionados por el crimen organizado. Pensé en mis hermanos mexicanos obligados en el pasado a lo mismo.
El migrante recibió la moneda y me dijo _ gracias mexicano. Entonces se alejó en dirección de la noche chilanga en la cual lo mire diluirse entre las luces citadinas.
Al abordar el tren suburbano me surgió la certeza que entre nuestras vidas difíciles, las terribles son aquellas que el dejar la patria nos convierte en un eslabón de una cadena infame de ausencias. Entre Ferrería y Buenavista me di cuenta que las afrentas nacionales, los odios infundados, las consideraciones raciales valen madres cuando ante tus ojos se revela el espectáculo del fin del mundo: la migración que separa familias, que rompe países, que genera soledad, que nos condena al olvido.
Centroamérica no superara por si misma todos sus dramas, por humanidad los mexicanos tenemos que hacer algo.
Buenavista 9:45 p.m. La noche previa a navidad. México 2013.



EL MEXICANO Y LA GRAN CHINGADA

La más grande de las palabras mexicanas no tiene traducción literal pues más que una palabra es un sentimiento. Traducirla, domesticarla y apropiarse de ella requiere tiempo y conocimiento del alma. Además de expresar intención y estado de ánimo, la chingada provee de identidad y patria. Cuando el extranjero adquiere los secretos y el manejo de esta palabra con certificado de origen, adquiere la nacionalidad mexicana, la categoría de igual y la capacidad de fuego para enfrentar a otro mexicano.
La palabra mexicana más grande puede hacer referencia a cantidad, un chingo; a calidad, una chingoneria; al desprecio, una chingadera; a una amenaza, me los chingo a todos; a una desilusión, ya se chingo el asunto; a la derrota, ya me chingaron; a la desesperación, me lleva la chingada.
Las palabras sagradas en el universo mexicano tienen la fuerza vital de un  joven  apasionado, fluyen con el poder que tiene la sangre en un ritual milenario, tienen la capacidad de consagración de la mexicanidad. La chingada lleva en su fonética explosiva el filo de la obsidiana que abre el pecho para extraer el corazón.
La palabra mexicana más grande puede hacer referencia a la duda de paternidad: ah chinga, a poco es mío, ni se parece a mí este bebe; también puede ser una recomendación entre amigas: no te dejes engañar, aunque tiene cara de angelito es un chingaquedito. Puede ser una advertencia materna: con una chingada que te este quieto o te doy otro pellizco. Puede hacer referencia  una decepción femenina: es un chingon pero tiene una chingaderita. También puede ser un lamento clasista: porque chingados me subí en Pantitlan, entre tanto naco me chingaron el aifon.
Puede ser una despedida definitiva: te me vas de puntitas a la chingada y no regreses hasta que ganemos un mundial.  Puede ser un momento para la victimización: me agarraron a chingadazos y yo no les hice nada. Puede ser un reclamo matrimonial a media noche: no me chingues, lo que sea que este debajo de la cama, está roncando. También puede ser un momento para la autoayuda: no tengo trabajo, me dejo mi novia, peso cien kilos, pero no me voy a suicidar porque yo, yo valgo un chingo.
La palabra mexicana más grande levanta tolvaneras, impone el silencio, eleva la presión arterial, atrae las miradas, destruye al mundo y lo vuelve a construir. La chingada crece en todas sus formas y advocaciones en sincronía con la intricada alma mexicana, vive cargada de electricidad, es una herida abierta.
Con toda su grandeza expresa nuestra historia en un grito, el grito único y sagrado de la patria: viva México hijos de la chingada.



EL MARICÓN MAS AMADO EN EL PAÍS DE LA DUALIDAD ESQUIZOFRENICA

El mexicano, a diferencia de otros, es muy apegado a lo propio porque lo suyo le habla sin intermediarios directo al corazón. Es en el arte popular donde mejor se refleja de modo masivo el dialogo intimo que se establece entre el mexicano y su creación artística. Y es Juan Gabriel el artista arquetípico de esta característica mexicana del mismo modo que, convertido en un clásico, lo es José Alfredo Jiménez.
El mexicano sucumbe a los intérpretes de su música; pero los intérpretes y autores como Juan Gabriel y José Alfredo trascienden los niveles sociales, las barreras generacionales y  el estatus educativo por la simple razón que poseen el dominio de los códigos arcanos del alma mexicana. Ricos y pobres, cultos y zafios, al filo de las emociones o en la cotidianidad plana, todos respondemos al llamado del arte que nos identifica.
El arte de Juan Gabriel es pícaro y festivo como lo es el mexicano en sus fiestas; pero también es desgarrador y amargo como somos ante la perdida y el olvido. Las canciones de Juan Gabriel son la banda sonora perfecta en muchos momentos de nuestra vida porque los mexicanos reímos y lloramos muy parecido; nos gusta vestir o decorar a nuestro dolor con el mismo entusiasmo que picamos papel de colores para el festejo. Nos gusta despedirnos con una canción y dar la bienvenida bailando. El arte de Juan Gabriel y el corazón de los mexicanos se mueven al mismo ritmo.
Los conciertos de Juan Gabriel están hechos para el gusto barroco de los mexicanos que vibran con la orquestación sinfónica y la densidad coral que acompañan a sus canciones populares. Para muchos los conciertos de Juan Gabriel son la ocasión para cantar y bailar en el fantástico mundo de los colores mexicanos para después decir adiós, llorar y ver lo solos que nos sentimos en nuestro laberinto.
El arte de Juan Gabriel convoca a mirreyes y palurdos, a machos y jotitas, a santos y meretrices, a intelectuales y roqueros; se dice que en su último concierto en Bellas Artes solo la CONAGO reunió a un mayor número de gobernadores. Se sabe que la clase política en México y los narco traficantes también comparten el gusto por Juan Gabriel. De hecho se dice que al momento de capturar a la TUTA una canción de Juan Gabriel fondeaba el ambiente. En este mismo sentido alguien calculo que en un concierto en la vegas, con motivo de las fiestas patrias y del día de independencia, la fortuna de los millonarios mexicanos ahí reunidos representaba el segundo poder económico de américa después de Estados unidos.

Muy pocos pueden hablar directamente al corazón de los mexicanos, y muchos menos pueden hacerlo con la intensidad y exuberancia que lo han hecho José Alfredo Jiménez y Juan Gabriel. Se dice que el mexicano es un pueblo sensible al arte, pero hipersensible ante su propia creación artística. Con lo cual no podemos sino sorprendernos del poder económico y político que acumulan sus verdaderos artistas.

EL CHOLEO PERUANO UN COMPLEJO DESCOMUNAL

La peruana más peligrosa tiene la capacidad de romper autoestimas para siempre, de convocar al desprecio y desangrar con él al contrincante. Es evanescente como el alma pero pegajosa como el sudor de la costa. Siempre está al acecho preparada para degollar a quien se presente. La peruana más peligrosa es asesina múltiple; se mueve como adjetivo, descansa como sustantivo y brinca como verbo. En todo el mundo hispánico, como esta peruana, no hay igual.
El choleo se dice que nació, para no variar, como insulto despectivo de españoles hacia los nativos de Perú o su descendencia. Cholo era el perro más corriente, y cholo el hijo del negro y la india. Cholos eran los depositarios de la mugre, la ignorancia y la pereza, como cholos eran la mayoría en el virreinato del Perú.
Mugrosos ignorantes y perezosos los españoles, odiadores de sí mismos y de los demás, siempre proyectaron sus propias carencias en los conquistados americanos.
En la actualidad el poder inaudito de esta palabra no tiene comparación con ningún otro en la lengua española. El choleo denota odio y desprecio, niega derechos y clasifica en castas, lastima porque es una daga que va directo al corazón de un pueblo que se tambalea en los temas de identidad. Cholear es el acto racista que se ejerce contra la propia raza pues choleadores y choleados pertenecen al mismo universo genético a pesar de las aparentes diferencias étnicas.
Se cholea al recién llegado de provincia, al indígena, a los pobres, al mestizo porque el único acto desesperado que permite sentirse a salvo es la antropofagia por gradación de colores. En el ábside de las pasiones el peruano no putea a la madre ajena como nosotros los mexicanos, sino que cholea en un grito que vuelve al otro perro callejero, espurio, serrano o cholo motoso.
El peruano cholea porque ha sido víctima histórica de la brutalidad colonial y de la oligarquía mestiza como pocos en américa, no porque sea blanco y racista; ha obrado en él lo que en psicología se conoce como identificación con el agresor: choleamos porque hemos sido choleados durante quinientos años.
El peruano como el resto de los sudamericanos busca inconscientemente en la raza una superioridad que nunca ha tenido. La fantasía de ser europeo y conquistador aun domina la mente colonial de muchos en el sur del continente. Los dominados aspiran siempre a ser como sus dominadores, se dice. Tal vez los mexicanos hemos apenas descubierto con asombro este rasgo sudamericano que nos confunde y nos aleja.
La peruana más peligrosa es una simple palabra que tiene el poder de romper amistades, de llamar a la guerra, de sumir en la depresión, de sacar los cuchillos. Puede justificar un crimen e identificar a un presidente. Puede ser un lugar y una industria; Cholibud; o puede referirse a la chola más grande de todos los tiempos: Laura Bozzo.