sábado, 2 de mayo de 2015

MIREL



Cerro la casa, vendió el negocio, quemo las cartas, se corto las venas.

Las fotografías de una vida se disolvieron entre el agua escurrida de la tina y el vapor encerrado en el baño. El rostro de una mujer madura con impermeable azul que sonreía a pesar de la tarde gris (seguramente helada), fue la última imagen que desapareció del papel fotográfico.

Soñé que Efrén venia por mi  montado en un caballo blanco. Se veía como un príncipe, aunque yo sabía que para un cadáver era imposible cabalgar.  Llegaba desde una calle ancha colmada de jacarandas enormes. No había en su rostro, sino una sonrisa divertida y unos ojos negros que jugaban a encontrarme. Desperté amándolo con la profundidad que nace en el mismo rango que el instinto: era feliz, aunque no fue consciente de ello cuando estaba junto a él.

Mirel se desangró sin darse cuenta, justo como lo había planeado, con ausencia de dolor, sumergida en agua tibia, evocando la única relación de que fue capaz hasta la edad de cuarenta y cinco años.


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