sábado, 2 de mayo de 2015

MI MADRE



Yo quería un matrimonio, una casa bonita, una camioneta, dos niños hermosos y un marido entregado. Si, quizá también amor. La vida perfecta fue la fantasía que colmo los insomnios y las horas tristes de mi adolescencia.  No sé si añoraba porque era una mujer depresiva o porque había perdido algunos afectos desde muy chica. Crecí en esta casa, jugando en habitaciones que nadie habitaba, perdida en el mundo fantástico de los hijos únicos, extraviada del mundo exterior. De mi padre herede lo callado, su vocación de fantasma, su cobardía. De mi madre tal vez la falta de resignación. Aquellos años de mi infancia se resumen en una dinámica sin fin en la cual mi padre se desvivía por hacer feliz a mi madre  a través de insignificantes detalles que pensaba importantes para ella. Mi madre simplemente lo odiaba. Hoy que la recuerdo entiendo que vivía en un universo silencioso, de sueños asesinados. Como los malvones del patio se secó en la espera de la lluvia que nunca llego. Un día, como era de esperarse, mí madre se fue; simplemente abrió el portón y se marchó; si se fue loca, si se fue cansada, no lo sé; lo único que recuerdo es que dejo el portón de par en par; abierto como una herida en la mano. Quizá  un día regrese y podamos hablar de ello. Mi padre y yo seguimos atados  a esta casa inmensa; yo engordando y el envejeciendo; ambos mirando televisión.

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