sábado, 2 de mayo de 2015

LOS FANTASMAS DE MARSELLA

LOS FANTASMAS DE MARSELLA


No saben que surgieron del daño colateral que trae consigo la conspiración de la soledad y el olvido. Tampoco saben que están muertos ni que el siglo veinte concluyo pero no la guerra. Son los habitantes de la casa más antigua de Marsella en la colonia Juárez. Sus pasos no se escuchan, sus gritos son murmullos, sus cuerpos se desvanecen como si fueran suspiros. No saben que son presencias evanescentes. Ignoran que son fantasmas y que han estado tristes durante muchos, muchos  años.

MIREL



Cerro la casa, vendió el negocio, quemo las cartas, se corto las venas.

Las fotografías de una vida se disolvieron entre el agua escurrida de la tina y el vapor encerrado en el baño. El rostro de una mujer madura con impermeable azul que sonreía a pesar de la tarde gris (seguramente helada), fue la última imagen que desapareció del papel fotográfico.

Soñé que Efrén venia por mi  montado en un caballo blanco. Se veía como un príncipe, aunque yo sabía que para un cadáver era imposible cabalgar.  Llegaba desde una calle ancha colmada de jacarandas enormes. No había en su rostro, sino una sonrisa divertida y unos ojos negros que jugaban a encontrarme. Desperté amándolo con la profundidad que nace en el mismo rango que el instinto: era feliz, aunque no fue consciente de ello cuando estaba junto a él.

Mirel se desangró sin darse cuenta, justo como lo había planeado, con ausencia de dolor, sumergida en agua tibia, evocando la única relación de que fue capaz hasta la edad de cuarenta y cinco años.


MI MADRE



Yo quería un matrimonio, una casa bonita, una camioneta, dos niños hermosos y un marido entregado. Si, quizá también amor. La vida perfecta fue la fantasía que colmo los insomnios y las horas tristes de mi adolescencia.  No sé si añoraba porque era una mujer depresiva o porque había perdido algunos afectos desde muy chica. Crecí en esta casa, jugando en habitaciones que nadie habitaba, perdida en el mundo fantástico de los hijos únicos, extraviada del mundo exterior. De mi padre herede lo callado, su vocación de fantasma, su cobardía. De mi madre tal vez la falta de resignación. Aquellos años de mi infancia se resumen en una dinámica sin fin en la cual mi padre se desvivía por hacer feliz a mi madre  a través de insignificantes detalles que pensaba importantes para ella. Mi madre simplemente lo odiaba. Hoy que la recuerdo entiendo que vivía en un universo silencioso, de sueños asesinados. Como los malvones del patio se secó en la espera de la lluvia que nunca llego. Un día, como era de esperarse, mí madre se fue; simplemente abrió el portón y se marchó; si se fue loca, si se fue cansada, no lo sé; lo único que recuerdo es que dejo el portón de par en par; abierto como una herida en la mano. Quizá  un día regrese y podamos hablar de ello. Mi padre y yo seguimos atados  a esta casa inmensa; yo engordando y el envejeciendo; ambos mirando televisión.