lunes, 16 de noviembre de 2015

UN TERREMOTO Y LA DESTRUCCIÓN DE MÉXICO

Las calles olían a muerte y trapos quemados, la gente deambulaba herida, zarandeada, confundida entre ruinas humeantes y lamentos de agonía; todo estaba cubierto por el polvo blanco de la devastación. La mañana del 19 de septiembre de 1985, un temblor inmenso destruyo partes importantes de la capital de México.

Sobre las calles históricas yacían gigantes vencidos, no había luz ni comunicaciones y el agua se desparramaba de las tuberías rotas. Ante la falta de información, “México desapareció” fue el rumor que se esparció, primero en todo el país y después en el mundo.

 Aunque terremotos y huracanes son parte de la vida de los mexicanos, no se había visto, hasta aquella mañana, semejante destrucción desde la caída de Tenochtitlan.

Pero no había tiempo para llorar, los mexicanos salieron como un ejército a rescatar sobrevivientes, a desenterrar, a cavar hoyos en el concreto, a remover escombros sin más herramientas que las manos. El temblor se llevó a familias enteras; en él, hombres y mujeres perdieron hijos; niños quedaron sin padres, murieron abuelos, vecinos y amigos.

Cuando los días pasaron la única certeza del rescate era el hallazgo de cuerpos inertes, sin embargo, ante la mirada cansada y el silencio de los mexicanos, de los escombros comenzó a surgir el llanto de recién nacidos, los niños del terremoto estaban con vida. Protegidos por el cadáver de sus madres, los recién nacidos sobrevivieron bajo las ruinas del hospital Juárez. Las mujeres mexicanas cumplieron hasta el final como custodias de la vida.

Con cada rescate de los pequeños los mexicanos lloraban, se abrazaban y los viva México que lanzaban no eran sino el grito de guerra contra la muerte que los rodeaba.

Se dice que México es un enorme barco anclado en el muelle al que las tempestades no pueden hundir. Fenómenos naturales, revoluciones, tragedias puntuales, narco, ciclos criminales; y México no se cae.

Tal vez sea por todo esto que el mexicano moderno aprendió que ante la tragedia la unión es el único consuelo. Los desastres naturales nos han enseñado a proceder con orden y disciplina, a seguir las indicaciones, a respetar protocolos de seguridad, a responder a los llamados de alerta; a no correr, no empujar y no gritar en la evacuación de escuelas y edificios.

El último gran fenómeno que enfrentamos fue el huracán Patricia, el más grande en la historia del mundo y no hubo un solo muerto gracias a la organización y disciplina de los mexicanos. Este es el mejor homenaje que podemos ofrecer a las víctimas de todas nuestras catástrofes.



domingo, 8 de noviembre de 2015

UNA VERDADERA HISTORIA DE TERROR


México es un país antiguo y misterioso; sus ciudades son un largo compendio de historia viva, y sus campos escenarios de batallas legendarias. Las guerras prehispánicas y los sacrificios humanos, la conquista y la revolución, los colgados en los caminos y los quemados por herejía, pueblan de sombras y descarnados, de gritos en la oscuridad y de espectros la inmensa noche mexicana.
A la llegada de los conquistadores españoles lo primero que escucharon de los pueblos originales no fue otra cosa que historias de fantasmas, tal vez porque en México la vida adquiere sentido solo entreverada con la muerte; y cada mexicano, alguna vez, ha visto o escuchado lo inexplicable.
La historia referida como verdadera habla de tres estudiantes en el Estado de Morelos que compartían en renta una viaja casa construida poco antes de la revolución. Rentaban lo que aún quedaba de un caserón que poco a poco había sido absorbido por la ciudad, pero que en la década de la lucha armada se encontraba lejos y aislado sobre una vereda imposible de explosión vegetal.
Los estudiantes eran originarios de algún pueblo entre Tepoztlán y Yautepec pero se habían matriculado en una Universidad de Cuautla; con lo cual surgió la necesidad de conseguir un lugar cercano a la universidad para vivir. Encontraron la vieja casa de piedra y vigas centenarias, de techos altos y muros gruesos, de enredaderas siniestras y campanelas moradas. Era la casa más antigua en una calle empedrada, pocas veces habitada y oscurecida por la acción de las buganvilias descontroladas.
Los estudiantes se sorprendieron de encontrar un lugar con tres recamaras a tan buen precio por lo que no dudaron en pagar la renta de todo el semestre. La casa tenía un jardín inmenso mal cuidado en cuyo extremo a la vieja construcción se levantaba una casita de tejas en la cual vivía un matrimonio de la tercera edad, cuya vecindad les otorgaba el título de veladores inmemoriales de la finca pre revolucionaria.
Comenzó el semestre y los tres compañeros se dedicaron con determinación a sus estudios universitarios, viviendo durante la semana en aquella casa rentada y viajando a la casa familiar cada fin de semana. Fue hasta el tercer mes que uno de los estudiantes comenzó a sentirse constantemente enfermo, no podía dormir y perdía peso, parecía espantado pero no decía nada. A mediados del cuarto mes ya no quiso regresar, dejo la escuela y pasó una larga temporada encerrado en la casa de sus padres.
Aunque confundidos por lo acontecido a su compañero, los dos estudiantes que quedaban en la casa se esforzaban por terminar el semestre con buenas calificaciones y se encontraban ocupados preparándose para los exámenes semestrales.
Una noche en la que ambos jóvenes se habían quedado estudiando hasta la madrugada, un ruido extraño llamo su atención, provenía de la recamara vacía de su antiguo compañero y parecía que alguien arrancaba las hojas de un cuaderno o un libro y las estrujaba una tras otra. Los amigos extrañados se miraron por unos segundos; uno de ellos se puso de pie y lentamente se acercó a la puerta de la habitación que suponía vacía. Toco la puerta y pregunto si había alguien.
Para ese momento ya tenía a su compañero detrás de él reflejando en el rostro una mezcla extraña de temor y curiosidad, sobre todo porque seguían escuchando el ruido de hojas de papel arrancadas y apretadas con el puño. En el momento que uno de los estudiantes abrió la puerta de la recamara el sonido ceso. Aunque la mortecina luz del pasillo penetro la habitación al abrir la puerta, la oscuridad que ambos estudiantes percibieron adentro les pareció como un aliento espeso que en su negrura ocultaba algo.
Sin embargo, al no descubrir nada en el interior, los estudiantes, como quien se recupera de una broma pesada, lanzaron algunas carcajadas divertidos. Fue entonces que uno de ellos pregunto al aire en voz alta: si estás muerto da un golpe sobre el piso y háznoslo saber.
Los dos amigos recuerdan con terror un golpe sobre el piso acompañado de un profundo rasguño sobre la madera de la duela. Al instante salieron corriendo aterrorizados al patio. Ambos temblando sin atreverse a regresar pidieron refugio en la casita de los ancianos quienes después de tranquilizarlos, a lo largo de la noche les contaron la historia de la propiedad.
En los años de la revolución la casa pertenecía a un hombre muy rico y temido por su valor y mal genio. Un hombre con tierras dedicadas al cultivo de la caña de azúcar, obsesionado con la protección de sus riquezas ante el levantamiento armado. Su oro lo enterró en alguna parte de aquella propiedad; sus tierras las defendía a punta de fusil; y a su mujer la mantenía encadenada en un cuarto cuando él se encontraba fuera.
Un día la turbamulta revolucionaria lo colgó en algún árbol del camino real y nunca regreso al lado de su mujer, que en cadenada, en una casa aislada, en una habitación donde solo había libros, murió de hambre comiendo solo papel.


MEXICANOS AHORA QUIEREN CONQUISTAR EL ESPACIO


Los jóvenes mexicanos no solo ganan concursos internacionales de robótica, sino también de matemáticas física y química; pero sobre todo llama la atención el vigor creativo y el perfil científico de los jóvenes mexicanos cuyos proyectos ganadores son una presencia constante en la NASA. Y no hablamos de consumados talentos nacionales que colonizan la Agencia espacial norteamericana, sino de jóvenes casi niños que sorprenden por sus capacidades técnicas e intelectuales.
En realidad, ha sido el aprovechamiento de este caudal enorme de talento la reflexión definitiva que permitió la creación de la Agencia Espacial Mexicana. No solo para detener la migración al norte de nuestra inteligencia nacional; sino para hacerla florecer en beneficio propio. Y es que la Agencia Espacial Mexicana nace con el ímpetu de la juventud estudiantil que empujo su realización; pero también con la ambición y determinación por la grandeza que el nuevo mexicano quiere para su país.
En materia espacial México desarrolla satélites propios de entre diez y cien kilos para el monitoreo del territorio nacional; y en los próximos ocho años espera desarrollar satélites más grandes y complejos totalmente mexicanos para las telecomunicaciones. Cabe mencionar que algunos países de Latinoamérica dicen fabricar satélites pero en realidad lo que han logrado es el armado de piezas importadas sin una gota de tecnología propia: Esta visión no es la de la AEXA que pretende generar tecnología original y de vanguardia. De hecho se tiene pensado poner en órbita un satélite totalmente mexicano para el estudio del clima en el 2018.
Los objetivos de la Agencia Espacial Mexicana son amplios y ambiciosos; por ejemplo se busca la presencia del país en la luna. En este sentido nuestro país es el primer latinoamericano que envía carga para el estudio científico al satélite natural de nuestro planeta. También se desarrollan dispositivos científico tecnológicos para el estudio y la movilidad en el espacio. En colaboración con el Reino Unido México elabora ya un satélite para la protección ambiental de la península de Yucatán.
De acuerdo con la opinión de expertos nacionales y extranjeros México se está convirtiendo en un país moderno y competitivo en lo que a lanzamientos espaciales se refiere. Esto es gracias a la presencia de un recurso humano bien preparado, creativo y amante de la precisión técnica y el diseño innovador. De continuar con una política de estado para el desarrollo espacial no es nada extraño que la Agencia Espacial Mexicana se coloque en pocos años entre las grandes a nivel mundial.
Tel vez, después de todo, sea cierto lo que algunos empresarios extranjeros afirman: el mexicano, ante el desafío tecnológico, tiene el don creativo de los alemanes, la precisión técnica de los japoneses y la disciplina laboral de los chinos; lo único que le hace falta es darse cuenta de ello.


¿QUIEN MATO A LATINOAMÉRICA?


Nuestro destino natural era la unidad. Aunque nacimos de la fragmentación de un imperio y nuestras diferencias a veces nos hacen más primos que hermanos, los americanos de habla española estábamos destinados, más que ningún otro grupo de naciones a la unida; pero algo sucedió y la pregunta que nos hacemos desde un continente despedazado es: ¿quién mato a Latinoamérica?
¿Fueron los brasileños que en un afán por construirse un patio trasero secuestraron a buena parte de Sudamérica con acuerdos comerciales y organismos políticos de los cuales el mayor beneficiado ha sido el mismo; o fue la retórica populista de Lula y Dilma que dividía al sur entre buenos y malos bloqueando a México, el país de habla española más fuerte para no tener un rival en el área?
¿Fueron las elites latinoamericanas formadas por oligarcas y fascistas con fantasías imperiales; una pre moderna clase política localista y ranchera que imaginaba a sus pobres países como imperios continentales sin advertir que nadie recorre el camino de la gloria en ojotas o en guaraches. ¿Fueron ellos los que impidieron con su onanismo mental la unión de los americanos de habla española?
¿O tal vez los asesinos fueron los medios de comunicación monopólicos al servicio del poder que al reproducir la retórica del odio profundizaron la fragmentación regional y fracturaron la natural curiosidad e interés por conocer y acercarse a otras sociedades y otras realidades?
¿Fueron los resentimientos, la desconfianza y el miedo anidados en el corazón de una historia que hace referencia a invasiones, crímenes y guerras entre vecinos y hermanos?
El polo de poder anglosajón dividido entre Inglaterra y Estados Unidos ha dominado al mundo; el poder asiático con alcance universal ha pasado del Japón a China; Europa se unió para influir en el mundo y proteger sus intereses creando un polo de poder europeo con sede en Bruselas; y nosotros, NO los latinoamericanos, sino los americanos que hablamos español, no nos damos cuenta del poder económico, científico, cultural, alimentario, industrial y artístico que tenemos para generar un polo de poder que defienda nuestros intereses y que influya en el mundo.
Es momento de plantearnos con seriedad nuestra trascendencia universal con lo propio y original, con orgullo y determinación, corrigiendo nuestro destino bifurcado tantas veces por intereses ajenos; a los americanos que hablamos español nos unen las palabras de un mismo idioma y el vigor de un mismo anhelo: ser grandes.
Sin embargo persiste la pregunta ¿Quién mato a Latinoamérica?

Tal vez fue nuestra indiferencia; nuestra falsa autosuficiencia; tal vez fuimos nosotros que no hemos sabido reconstruir los vínculos naturales que hay entre todos los americanos que hablamos español y con quienes tenemos un papel histórico que jugar. 

LOS PRESIDENTES DEL ODIO

Durante más de diez años Los presidentes del odio se dedicaron a fragmentar la unidad nacional de sus respectivos países. Dividieron a sus sociedades entre ellos y nosotros. El odio alentado desde la cúpula del poder separo familias y acabo con amistades, además de establecer un clima de intolerancia para el que pensara distinto. Los estrategas publicitarios del odio y el miedo, como el brasileño Joao Santana, se enriquecieron como pocos trabajando para los gobiernos de Brasil y Argentina.
Hoy que se pide cárcel y destitución para Dilma Rousseff; y que Cristina Fernández está apunto de enfrentar su destino de corrupta, algunos especialistas reconocen que no es la crisis económica ni la fragmentación política el peor daño que dejan los presidentes de la reelección, sino el odio sembrado en cada habitante de sus países: un odio que costara años de desarrollo y gobernabilidad.
Estos gobernantes se van, pero dejan una herencia maldita, pues se estima que al menos un 40% de los jóvenes sudamericanos crecieron envenenados con el odio político y el resentimiento transmitido de los viejos; con lo cual, poco saben del acuerdo, la tolerancia y la unidad; a esto se le puede sumar el incremento explosivo en el consumo de drogas y la sustitución del razonamiento objetivo por el adoctrinamiento ideológico. Así, una parte importante de la juventud quedo convertida en cascajo social.
Hugo Chávez se encargó de dividir a los venezolanos en tiesos contra revolucionarios; Cristina Fernández divido a los argentinos en cacerolos y progresistas; Dilma Rousseff, Evo Morales y Rafael correa hicieron lo propio según el manual heredado de las dictaduras fascistas de Sudamérica: separar a las personas entre buenos y malos, dividir, sembrar el miedo, construir un enemigo imaginario y dilapidar a los que piensan contrario. Por eso, los presidentes del odio se van repudiados a pesar de algunos aciertos en política social.
Andres Oppenhaimer dice que se acaba la era populista en Latinoamérica; y en Europa vaticinan la muerte del endriago Priista-peronista-mesiánico-autoritario que se adueñó de la franquicia de la izquierda en el continente para ejercer el poder en su nombre a pesar de ser hijos del peor autoritarismo latinoamericano.
En Argentina ganara Macri (si es que no hay fraude electoral); en Brasil Lula y Dilma irán al basurero de la historia, y probablemente a la cárcel; Nicolás Maduro enloquecido bañara de sangre a Venezuela; y los dioses menores, Correa y Morales agotaran sus dictaduras desde la soledad y el aislamiento.
Para nosotros los mexicanos, que vamos en ciclos contrarios a Sudamérica, esta es una lección invaluable para no permitir la instauración del odio entre hermanos, tan útil y atractivo para el ejercicio del poder autoritario.


lunes, 12 de octubre de 2015

EUROPA MORIRÁ POR INDOLENTE

Cada quien puede tener la cultura y la identidad que le plazca, se proclamó en Estados Unidos, Holanda Inglaterra y Francia; hoy se dan cuenta del error histórico que ha significado para su existencia el planteamiento de mosaico cultural con el que han reconstruido sus sociedades a partir del último cuarto de siglo. Desentenderse de la identidad, la cultura común, los vínculos nacionales y el patriotismo en sus habitantes término en una fragmentación social, racial, económica y cultural que produce terroristas.
Una generación a la que no se le dijo que pertenecía a un pueblo, que no se le inculco el sentimiento de pertenencia y el orgullo de grupo, que careció de toda identidad nacional, es la que ahora se pone en contra de sus propios pueblos y engrosa las filas del terrorismo antropófago que pone en jaque a Europeos y norteamericanos. En Inglaterra se sabe que un gran número de terroristas que amenazan al país son, paradójicamente, ciudadanos ingleses de sangre y religión adoctrinados por el extremismo islamico.
Lo mismo sucede con muchos jóvenes franceses y norteamericanos que no se sienten ni franceses ni americanos y mucho menos tienen vínculos emocionales positivos con el pueblo que los engendro.
Las utopías no existen; la imagen de una nación formada por muchas culturas distintas relacionándose en paz a partir de sus diferencias no es sino un sueño jipiteca que ha resultado tan peligroso y sangriento como el nacionalismo nazi. Ahí donde la identidad nacional fue retirada, otras identidades más radicales y peligrosas se establecieron.
Con las consecuencias de fragmentación y terrorismo que se viven en algunos países, la idea de un mosaico cultural variado y profuso como fundamento nacional ha quedado señalada como peligrosa para la subsistencia misma de la unidad nacional. El respeto por las identidades grupales no significa renunciar a una identidad nacional, se dice ahora después de muchos muertos y atentados. Algunos soñadores querían ciudadanos del mundo y obtuvieron terroristas feroces militantes de la violencia y los extremismos.
La realidad que se plantea para construir nacionalidades solidas es la de supeditar las identidades del mosaico cultural a una identidad superior, única e integradora cuyo sentimiento de pertenencia sea tan fuerte que promueva por sí mismo la protección y supervivencia del grupo nacional. Es decir que dentro del país se puede ser indígena, judío o musulmán pero sobre todo y antes que nada se es mexicano. La mexicanización de los emigrantes y la prevalencia de la cultura nacional sobre las identidades atomizadas parece ser el camino que nos garantice nuestra propia conservación. Al parecer el patriotismo y sentimiento de pertenencia nacional es el antídoto contra la destrucción y la dispersión de los grandes países receptores de migrantes

VENEZOLANOS EN CHANCLAS PERPETUAS

El número de venezolanos viviendo y trabajando en México se ha duplicado los últimos años. Quien piense que lo que le sucede a Venezuela a los mexicanos no nos afecta, está equivocado.
Se dice que lo sucedido a este país sudamericano no es un tropezón que podrá enmendarse en algún momento, sino la cancelación de un futuro promisorio para muchos años. Venezuela es un país sudamericano que culturalmente pertenece al caribe; y es el caribe la región más atrasada de la atrasada Latinoamérica. Si juzgamos por los resultados en la Venezuela del comandante supremo podemos afirmar que lo mencionado es verdad.
Este es un país sin industria cuyos ingresos dependen en el 96% de petróleo. Se habla de una escasez severa de alimentos, medicinas y energía eléctrica. Se menciona que la fuga de recursos monetarios y humanos no tiene parangón en américa Latina y el mundo, y que el manejo macroeconómico los últimos 15 años ha sido deplorable y sinsentido: un 45% de las ventas de petróleo se destina a subsidiar a Cuba y a otros países del caribe. El gobierno venezolano mantiene en secreto el recorte presupuestal a la mayoría de los programas sociales mientras que el presupuesto para el ejército y para la propaganda de telesur se duplico el último año.
Se dice que el glamour de los uniformes militares y las boinas, de los títulos de comandante y revolucionario, han enloquecido a un tipo de latinoamericano obnubilado por los héroes y los personajes ficticios, por los caudillos, los mesías tropicales y sus apóstoles. Una mentalidad latinoamericana inmadura que busca en los superhéroes la realización de un sueño tan irreal como peligroso. Hacer de la nación un campo de pruebas, un laboratorio es jugar a los volados con el destino de millones de personas. Los venezolanos lo hicieron con su país y hoy tenemos los resultados.
Venezuela no verá la luz de la democracia en muchos años, o tal vez nunca, porque el recurso humano está sumamente dañado, los años de culto a la personalidad del líder supremos y los valores humanistas torcidos por la manipulación casi religiosa y omnipresente de sus ideólogos, han obrado en la trasformación de este pueblo que protesta por hambre pero no por la falta de libertad y democracia.
Las ficticias revoluciones sudamericanas fueron muy exitosas en la construcción de un relato que se creyeron ellos mismos. Hoy, ante el recuento de los daños se puede constatar que nada o poco ha cambiado. Venezuela, Argentina, Ecuador y Bolivia no son sino dictaduras disfrazadas. Sin embargo, este capítulo sudamericano está lejos de terminar: la retirada de la marea populista será lenta y costosa; la agonía de las repúblicas revolucionarias será prolongada.
 Una vez más Latinoamérica nos ofrece valiosas lecciones sobre lo caro que nos puede costar no domeñar al ingenuo salvaje que vaga aun por el continente.


LAS PROVINCIAS PERDIDAS

La verdad es que el mito de los estados con aspiraciones independentistas ha sobrevivido y colmado la fantasía de  virreyes provincianos y de pueblerinos resentidos contra la gran ciudad. No solo pasa en México sino en todo el mundo; sin embargo, en nuestro caso, solo por labor social es necesario  parar el desenfreno mental de adolescentes y analfabetas que plantean la existencia de separatismos regionales en México.
Para empezar en este país no hay un solo estado que cobre impuestos, los impuestos los cobra la federación y los reparte en todo el país, lo cual es muy cómodo para los gobernadores que solo reciben dinero para gastar sin el menor esfuerzo; tampoco existe el estado que pueda sobrevivir con los impuestos que pudiera recaudar por sí mismo; se dice que si el Estado de México considerado el más rico del país se independizara, su estatus económico como nación sería el de un país centroamericano con muchos problemas.
Para independizarse se requiere de sociedades activas políticamente, bien educadas, exigentes y convencidas de los beneficios económicos que obtendrían al separarse del país; eso no existe en la provincia mexicana donde yace en muchos lugares el atraso educativo y cívico de la sociedad. Muchos ni siquiera son capaces de controlar a sus gobernadores ni de organizar a sus municipios, ni de procurarse lo mínimo que exige un país; seguridad. Mucho menos podrían fundar una nación. El hoyo económico del México de hoy son los gobernadores de los estados que no tienen quien los audite y los controle. La crisis de gobernabilidad que vive México es causada por los gobernadores provinciales.
El mexicano culto, informado, exigente, vive en las grandes ciudades y es en estas donde se promueve la integración económica y social de todo el país más que su división, por la simple razón que las ideas separatistas así como los regionalismos  son distractores y manipulación política de caciques locales sobre sus poblaciones ignorantes.  Ni California y Texas que por sí mismas son economías enormes encuentran beneficios reales al separarse de estados unidos por la sencilla razón que su poder reside en formar parte de un todo; así lo entendió Europa y formo la comunidad europea. La misma Cataluña corre el peligro de convertirse en el país más pobre de Europa si logra su separación de España.
La inversión extranjera que llega a los estados es por las ventajas que representa el ser mexicano; por la sinergia que genera el compartir  puertos, universidades, carreteras, recursos humanos calificados, certidumbre jurídica, una cultura común; lo que le da valor a cada región de México es ser parte de México.

Con nuestra historia trágica de haber perdido más de la mitad de nuestro territorio, el plantearse la idea de un estado con aspiraciones separatistas es traición a la patria, traición a México. El valor que tenemos como mexicanos es el que surge de nuestra unidad, de nuestra historia compartida, de nuestra cultura común, de nuestro orgullo de llamarnos mexicanos, del idioma secreto que solo nos pertenece a nosotros y que nadie más comprende, de nuestra música y nuestro arte, de nuestro sentido del humor, de nuestra comida y nuestros sueños.

LAGRIMAS EN TLANEPANTLA

El espectáculo del fin del mundo recorre las calles de México.

Tlanepantla a las 9 de la noche. Era muy joven y muy delgado, me mostro su rostro, sus ojos tristes, su boca seca que era una grieta de salitre. Calzaba sandalias, me hablo con un acento lejano pero familiar. Me pidió una moneda para comprar agua y comida. Al mirarlo quede petrificado cuando vi que el migrante centroamericano traía todo el fulgor de mi ciudad contenido en el brillo de una lágrima.
Tlanepantla es una orilla en el valle de México, es industrial y muy urbanizado. Posee anchas avenidas, modernos puentes y un tren suburbano de primer mundo. Este lugar no es una estación más en el largo camino de la bestia, es el primer punto de encuentro del migrante centro y sudamericano con el mexicano de la gran ciudad.  
La fragilidad del joven migrante me lastimo al contraste con la inmensa soledad del bulevar Reyes Heroles; seguro en Honduras no sabían que las noches en el valle de México son heladas e imposibles de soportar con una playera delgada. En el salvador debían desconocer que la geografía mexicana es un desafío que no se puede afrontar en sandalias. En Guatemala seguro ignoraban que las calles del México industrial son enormes y poco transitadas.
Al darle una moneda al migrante, pensé en el país tropical que se quedaba atrás, pensé en alguien que lo esperaba en Tegucigalpa, me preguntaba por quién se atrevía a cruzar medio continente, que nombres guardaba como único valor en su mochila, con quien soñaba en El salvador, como iba a resistir el olvido de Nicaragua. Pensé en los mutilados por el tren, en los devorados por la bestia, en los extorsionados por el crimen organizado. Pensé en mis hermanos mexicanos obligados en el pasado a lo mismo.
El migrante recibió la moneda y me dijo _ gracias mexicano. Entonces se alejó en dirección de la noche chilanga en la cual lo mire diluirse entre las luces citadinas.
Al abordar el tren suburbano me surgió la certeza que entre nuestras vidas difíciles, las terribles son aquellas que el dejar la patria nos convierte en un eslabón de una cadena infame de ausencias. Entre Ferrería y Buenavista me di cuenta que las afrentas nacionales, los odios infundados, las consideraciones raciales valen madres cuando ante tus ojos se revela el espectáculo del fin del mundo: la migración que separa familias, que rompe países, que genera soledad, que nos condena al olvido.
Centroamérica no superara por si misma todos sus dramas, por humanidad los mexicanos tenemos que hacer algo.
Buenavista 9:45 p.m. La noche previa a navidad. México 2013.



EL MEXICANO Y LA GRAN CHINGADA

La más grande de las palabras mexicanas no tiene traducción literal pues más que una palabra es un sentimiento. Traducirla, domesticarla y apropiarse de ella requiere tiempo y conocimiento del alma. Además de expresar intención y estado de ánimo, la chingada provee de identidad y patria. Cuando el extranjero adquiere los secretos y el manejo de esta palabra con certificado de origen, adquiere la nacionalidad mexicana, la categoría de igual y la capacidad de fuego para enfrentar a otro mexicano.
La palabra mexicana más grande puede hacer referencia a cantidad, un chingo; a calidad, una chingoneria; al desprecio, una chingadera; a una amenaza, me los chingo a todos; a una desilusión, ya se chingo el asunto; a la derrota, ya me chingaron; a la desesperación, me lleva la chingada.
Las palabras sagradas en el universo mexicano tienen la fuerza vital de un  joven  apasionado, fluyen con el poder que tiene la sangre en un ritual milenario, tienen la capacidad de consagración de la mexicanidad. La chingada lleva en su fonética explosiva el filo de la obsidiana que abre el pecho para extraer el corazón.
La palabra mexicana más grande puede hacer referencia a la duda de paternidad: ah chinga, a poco es mío, ni se parece a mí este bebe; también puede ser una recomendación entre amigas: no te dejes engañar, aunque tiene cara de angelito es un chingaquedito. Puede ser una advertencia materna: con una chingada que te este quieto o te doy otro pellizco. Puede hacer referencia  una decepción femenina: es un chingon pero tiene una chingaderita. También puede ser un lamento clasista: porque chingados me subí en Pantitlan, entre tanto naco me chingaron el aifon.
Puede ser una despedida definitiva: te me vas de puntitas a la chingada y no regreses hasta que ganemos un mundial.  Puede ser un momento para la victimización: me agarraron a chingadazos y yo no les hice nada. Puede ser un reclamo matrimonial a media noche: no me chingues, lo que sea que este debajo de la cama, está roncando. También puede ser un momento para la autoayuda: no tengo trabajo, me dejo mi novia, peso cien kilos, pero no me voy a suicidar porque yo, yo valgo un chingo.
La palabra mexicana más grande levanta tolvaneras, impone el silencio, eleva la presión arterial, atrae las miradas, destruye al mundo y lo vuelve a construir. La chingada crece en todas sus formas y advocaciones en sincronía con la intricada alma mexicana, vive cargada de electricidad, es una herida abierta.
Con toda su grandeza expresa nuestra historia en un grito, el grito único y sagrado de la patria: viva México hijos de la chingada.



EL MARICÓN MAS AMADO EN EL PAÍS DE LA DUALIDAD ESQUIZOFRENICA

El mexicano, a diferencia de otros, es muy apegado a lo propio porque lo suyo le habla sin intermediarios directo al corazón. Es en el arte popular donde mejor se refleja de modo masivo el dialogo intimo que se establece entre el mexicano y su creación artística. Y es Juan Gabriel el artista arquetípico de esta característica mexicana del mismo modo que, convertido en un clásico, lo es José Alfredo Jiménez.
El mexicano sucumbe a los intérpretes de su música; pero los intérpretes y autores como Juan Gabriel y José Alfredo trascienden los niveles sociales, las barreras generacionales y  el estatus educativo por la simple razón que poseen el dominio de los códigos arcanos del alma mexicana. Ricos y pobres, cultos y zafios, al filo de las emociones o en la cotidianidad plana, todos respondemos al llamado del arte que nos identifica.
El arte de Juan Gabriel es pícaro y festivo como lo es el mexicano en sus fiestas; pero también es desgarrador y amargo como somos ante la perdida y el olvido. Las canciones de Juan Gabriel son la banda sonora perfecta en muchos momentos de nuestra vida porque los mexicanos reímos y lloramos muy parecido; nos gusta vestir o decorar a nuestro dolor con el mismo entusiasmo que picamos papel de colores para el festejo. Nos gusta despedirnos con una canción y dar la bienvenida bailando. El arte de Juan Gabriel y el corazón de los mexicanos se mueven al mismo ritmo.
Los conciertos de Juan Gabriel están hechos para el gusto barroco de los mexicanos que vibran con la orquestación sinfónica y la densidad coral que acompañan a sus canciones populares. Para muchos los conciertos de Juan Gabriel son la ocasión para cantar y bailar en el fantástico mundo de los colores mexicanos para después decir adiós, llorar y ver lo solos que nos sentimos en nuestro laberinto.
El arte de Juan Gabriel convoca a mirreyes y palurdos, a machos y jotitas, a santos y meretrices, a intelectuales y roqueros; se dice que en su último concierto en Bellas Artes solo la CONAGO reunió a un mayor número de gobernadores. Se sabe que la clase política en México y los narco traficantes también comparten el gusto por Juan Gabriel. De hecho se dice que al momento de capturar a la TUTA una canción de Juan Gabriel fondeaba el ambiente. En este mismo sentido alguien calculo que en un concierto en la vegas, con motivo de las fiestas patrias y del día de independencia, la fortuna de los millonarios mexicanos ahí reunidos representaba el segundo poder económico de américa después de Estados unidos.

Muy pocos pueden hablar directamente al corazón de los mexicanos, y muchos menos pueden hacerlo con la intensidad y exuberancia que lo han hecho José Alfredo Jiménez y Juan Gabriel. Se dice que el mexicano es un pueblo sensible al arte, pero hipersensible ante su propia creación artística. Con lo cual no podemos sino sorprendernos del poder económico y político que acumulan sus verdaderos artistas.

EL CHOLEO PERUANO UN COMPLEJO DESCOMUNAL

La peruana más peligrosa tiene la capacidad de romper autoestimas para siempre, de convocar al desprecio y desangrar con él al contrincante. Es evanescente como el alma pero pegajosa como el sudor de la costa. Siempre está al acecho preparada para degollar a quien se presente. La peruana más peligrosa es asesina múltiple; se mueve como adjetivo, descansa como sustantivo y brinca como verbo. En todo el mundo hispánico, como esta peruana, no hay igual.
El choleo se dice que nació, para no variar, como insulto despectivo de españoles hacia los nativos de Perú o su descendencia. Cholo era el perro más corriente, y cholo el hijo del negro y la india. Cholos eran los depositarios de la mugre, la ignorancia y la pereza, como cholos eran la mayoría en el virreinato del Perú.
Mugrosos ignorantes y perezosos los españoles, odiadores de sí mismos y de los demás, siempre proyectaron sus propias carencias en los conquistados americanos.
En la actualidad el poder inaudito de esta palabra no tiene comparación con ningún otro en la lengua española. El choleo denota odio y desprecio, niega derechos y clasifica en castas, lastima porque es una daga que va directo al corazón de un pueblo que se tambalea en los temas de identidad. Cholear es el acto racista que se ejerce contra la propia raza pues choleadores y choleados pertenecen al mismo universo genético a pesar de las aparentes diferencias étnicas.
Se cholea al recién llegado de provincia, al indígena, a los pobres, al mestizo porque el único acto desesperado que permite sentirse a salvo es la antropofagia por gradación de colores. En el ábside de las pasiones el peruano no putea a la madre ajena como nosotros los mexicanos, sino que cholea en un grito que vuelve al otro perro callejero, espurio, serrano o cholo motoso.
El peruano cholea porque ha sido víctima histórica de la brutalidad colonial y de la oligarquía mestiza como pocos en américa, no porque sea blanco y racista; ha obrado en él lo que en psicología se conoce como identificación con el agresor: choleamos porque hemos sido choleados durante quinientos años.
El peruano como el resto de los sudamericanos busca inconscientemente en la raza una superioridad que nunca ha tenido. La fantasía de ser europeo y conquistador aun domina la mente colonial de muchos en el sur del continente. Los dominados aspiran siempre a ser como sus dominadores, se dice. Tal vez los mexicanos hemos apenas descubierto con asombro este rasgo sudamericano que nos confunde y nos aleja.
La peruana más peligrosa es una simple palabra que tiene el poder de romper amistades, de llamar a la guerra, de sumir en la depresión, de sacar los cuchillos. Puede justificar un crimen e identificar a un presidente. Puede ser un lugar y una industria; Cholibud; o puede referirse a la chola más grande de todos los tiempos: Laura Bozzo.


sábado, 2 de mayo de 2015

LOS FANTASMAS DE MARSELLA

LOS FANTASMAS DE MARSELLA


No saben que surgieron del daño colateral que trae consigo la conspiración de la soledad y el olvido. Tampoco saben que están muertos ni que el siglo veinte concluyo pero no la guerra. Son los habitantes de la casa más antigua de Marsella en la colonia Juárez. Sus pasos no se escuchan, sus gritos son murmullos, sus cuerpos se desvanecen como si fueran suspiros. No saben que son presencias evanescentes. Ignoran que son fantasmas y que han estado tristes durante muchos, muchos  años.

MIREL



Cerro la casa, vendió el negocio, quemo las cartas, se corto las venas.

Las fotografías de una vida se disolvieron entre el agua escurrida de la tina y el vapor encerrado en el baño. El rostro de una mujer madura con impermeable azul que sonreía a pesar de la tarde gris (seguramente helada), fue la última imagen que desapareció del papel fotográfico.

Soñé que Efrén venia por mi  montado en un caballo blanco. Se veía como un príncipe, aunque yo sabía que para un cadáver era imposible cabalgar.  Llegaba desde una calle ancha colmada de jacarandas enormes. No había en su rostro, sino una sonrisa divertida y unos ojos negros que jugaban a encontrarme. Desperté amándolo con la profundidad que nace en el mismo rango que el instinto: era feliz, aunque no fue consciente de ello cuando estaba junto a él.

Mirel se desangró sin darse cuenta, justo como lo había planeado, con ausencia de dolor, sumergida en agua tibia, evocando la única relación de que fue capaz hasta la edad de cuarenta y cinco años.


MI MADRE



Yo quería un matrimonio, una casa bonita, una camioneta, dos niños hermosos y un marido entregado. Si, quizá también amor. La vida perfecta fue la fantasía que colmo los insomnios y las horas tristes de mi adolescencia.  No sé si añoraba porque era una mujer depresiva o porque había perdido algunos afectos desde muy chica. Crecí en esta casa, jugando en habitaciones que nadie habitaba, perdida en el mundo fantástico de los hijos únicos, extraviada del mundo exterior. De mi padre herede lo callado, su vocación de fantasma, su cobardía. De mi madre tal vez la falta de resignación. Aquellos años de mi infancia se resumen en una dinámica sin fin en la cual mi padre se desvivía por hacer feliz a mi madre  a través de insignificantes detalles que pensaba importantes para ella. Mi madre simplemente lo odiaba. Hoy que la recuerdo entiendo que vivía en un universo silencioso, de sueños asesinados. Como los malvones del patio se secó en la espera de la lluvia que nunca llego. Un día, como era de esperarse, mí madre se fue; simplemente abrió el portón y se marchó; si se fue loca, si se fue cansada, no lo sé; lo único que recuerdo es que dejo el portón de par en par; abierto como una herida en la mano. Quizá  un día regrese y podamos hablar de ello. Mi padre y yo seguimos atados  a esta casa inmensa; yo engordando y el envejeciendo; ambos mirando televisión.