martes, 2 de agosto de 2011

LA HACIENDA DEL SOTO



En mil años la maleza lo envuelve todo, la tierra se acumula y cubre los objetos, los metales se herrumbran y disuelven, la madera se descompone en una materia pastosa y regresa al suelo. El vidrio se hace arena y la ropa se convierte en polvo; en mil años el fuego se ha consumido muchas veces y el viento lo ha barrido todo hacia el mar; en mil años solo permanecen las piedras y el olvido. Con estos dos materiales, la piedra y el olvido, se levantó el Soto, la hacienda más rica de México, en cuyos muros de cantera rosa escurre la huella parda de trecientos años de tormentas y sequias. Una hacienda construida para durar mil años y preservar la memoria de los constructores de un imperio.

En los linderos de un valle cantalinoso, una arquería semicircular de proporciones enormes, marca el acceso  al patio central del Soto; desde ahí se llega a la escalinata que precede la entrada a la casa de esta estirpe poderosa y longeva. Esta construcción se extiende en un abrazo amplio en forma de u, en cuyos extremos se levantan, como centinelas, dos torres almenadas de piedra caliza. El piso superior muestra ventanas de arcos de medio punto y dinteles profusamente ornamentados. En el arquitrabe de las puertas interiores, los rostros esculpidos de las pegásides y las gorgonas se agrietan sin terminar de desprenderse. Un camino de piedras de rio parte del costado izquierdo de la casa hacia los tinacales y el troje que se encuentran a medio kilómetro de esta; las calpanerias para los trabajadores y los macheros para los animales de tiro, pertenecen al casco de la hacienda que descansa como un cadáver descomunal en la parte opuesta de la arquería de la entrada.

En la parte más alejada del acceso principal, las raíces de los chopos estrangulan la arquitectura de las naves vacías en cuyos espacios abiertos hoy crecen ahuehuetes y malvas purpuras; ahí donde se almacenaron semillas y pernoctaron revolucionarios, crecen en maridajes improbables glicinas y pitayas, o helechos y oyameles, en un jardín regado por las lluvias de mayo que, lo mismo disuelven la memoria física de los difuntos, que se encharcan sobre el piso de tezontle azul de los salones virreinales. Las columnas que aún quedan en pie, están cubiertas con madreselvas y buganvilias silvestres; en el rellano de la escalera monumental hacen nido los tecolotes y entre los visillos de la balaustra barroca de la capilla, crece la yerbabuena y se incrustan los caracoles.

Durante los últimos días del siglo diecinueve los techos ardieron y las bóvedas se vinieron abajo; de entre sus escombros brotan las rosas negras que la gente llama luto de Juárez; aunque realmente no son flores negras; sino más bien purpuras.  a veces, cuando la calma se extiende más allá de la cordura, se escucha en los establos y el zaguán, a lo mejor también en los ranchos, un lamento que se alarga hasta consumir el aire que le da vida; si es un lamento de dolor o de tristeza, es imposible de discernir para las urracas pintas y las perdices de Moctezuma que son los únicos testigos vivos de este fenómeno. Quizá sea que los secretos de los señores del dinero viejo, aun flotan en el aire adquiriendo la naturaleza de los murmullos fantasmales, o que de la boca de los endriagos tallados en cantera verde, no solamente brotan ristras de campanelas salvajes. Con la caída de los siglos, los caminos a la hacienda se cerraron, el nombre de los amos se olvidó, la naturaleza reclamo su dominio, y las rosas negras cubrieron por completo las ruinas del soto.

Germán Raúl
México D.F 2011
gerzaty@hotmail.com




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