jueves, 28 de julio de 2011

EN LA ULTIMA FRONTERA DE LA SOLEDAD

El caserío de adobes blanqueados languidece  bajo las tolvaneras endémicas de la tierra muerta. Surge del suelo como una almena de olvidos cuarteados; sus muros, gruesos y antiguos, están heridos por las balas y arañados por el viento. Se levanta en alguna parte del camino al norte en donde el salitre reclama su dominio. Su contorno se mira a lo lejos  como una fortaleza habitada por fantasmas; muere de sol tumbada sobre el suelo yermo.

En estos dominios del norte la soledad se acumula con los años; un día brota y te sorprende con la forma de un remolino. A veces eclosiona en el silencio de las horas desérticas; casi nuca anuncia su presencia.  En la última frontera mexicana  aprendes a no contemplar el ocaso, o alzar la mirada al cielo en las noches limpias y estrelladas. Aprendes a resguardarte de  los amaneceres fulgurantes porque en un descuido, el baldío se te viene encima con la ferocidad de los gatos salvajes. La soledad en el llano norteño se te mete por los ojos, se atora en tu garganta, te revuelca y te  ata. Si ya tienes el alma muy cansada  transgredes el instinto de conservación y te pierdes hasta donde la vista alcanza. Algunos saben que allende el horizonte sigue habiendo tierra, que se  llama Sonora y que si caminas sin detenerte, siguiendo las heridas del salitre, puedes llegar al mar; el más azul de todos, el más profundo y rico; se llama El Mar de Cortez. Invocarlo cuando te asfixias de llano en esta comarca estéril  puede salvarte la vida.

Germán Raúl
México D.F
gerzaty@hotmail.com

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