viernes, 19 de agosto de 2011

LA LINEA DIVISORIA ENTRE EL AMOR Y EL SUICIDIO


Habían sido ya tres semanas de infierno, no porque le doliera separarse después de tantos años, sino por el asco que se le atragantaba todas las mañanas  y no le permitía comer, la sola imagen de dos hombres teniendo sexo la enfermaba, no entendía  aquella preferencia que hacía a un lado la suave piel femenina, era el asco verdadero pero también era la confirmación de una sospecha añeja que había eclosionado  a partir de pequeñas inconsistencias y contradicciones, el miedo que toda mujer esconde como una afrenta arrojada al rostro, se había materializado en mitad del denuendo lacrimoso de una confesión, no fue el único crimen que aquella catarsis domestica arrojo como fetos mal nacidos escupidos por una vulva cansada, había decidido que el silencio sellaría   la grietas y resanaría las heridas frescas, pero con los días simplemente se le vinieron encima y ya no pudo levantarse de la cama, y ya no la arrancaron de la cama, la magnesia, el jugo de naranja, el té de yerba buena, la marihuana, el vodka, las pastillas para dormir, nada funcionaba, solo quería dormir un poco y saber qué es lo que tenía que hacer cuando despertara. Evitando la line divisoria entre la desesperanza y el suicidio.

SANGRE ENVENENADA


SANGRE  ENVENEDADA
Que me había dejado de querer; ya lo sabía. Que no tenía el valor para decirlo; lo gritaba con los ojos. Habíamos llegado al punto donde los silencios expresan más que las palabras. Volvería a ser la mujer solitaria que soñaba con morir en el mar, pero que importaba si aquella era una de esas noches de terciopelo negro hechas para llorar. Pudo haber sido solo otra despedida de no haber tenido yo la sangre envenenada. Con el último beso le corte la garganta; la noche se hizo más ancha y guardo silencio; me quedo en la boca el sabor de la despedida mezclado con algunas lágrimas.

martes, 2 de agosto de 2011

LA HACIENDA DEL SOTO



En mil años la maleza lo envuelve todo, la tierra se acumula y cubre los objetos, los metales se herrumbran y disuelven, la madera se descompone en una materia pastosa y regresa al suelo. El vidrio se hace arena y la ropa se convierte en polvo; en mil años el fuego se ha consumido muchas veces y el viento lo ha barrido todo hacia el mar; en mil años solo permanecen las piedras y el olvido. Con estos dos materiales, la piedra y el olvido, se levantó el Soto, la hacienda más rica de México, en cuyos muros de cantera rosa escurre la huella parda de trecientos años de tormentas y sequias. Una hacienda construida para durar mil años y preservar la memoria de los constructores de un imperio.

En los linderos de un valle cantalinoso, una arquería semicircular de proporciones enormes, marca el acceso  al patio central del Soto; desde ahí se llega a la escalinata que precede la entrada a la casa de esta estirpe poderosa y longeva. Esta construcción se extiende en un abrazo amplio en forma de u, en cuyos extremos se levantan, como centinelas, dos torres almenadas de piedra caliza. El piso superior muestra ventanas de arcos de medio punto y dinteles profusamente ornamentados. En el arquitrabe de las puertas interiores, los rostros esculpidos de las pegásides y las gorgonas se agrietan sin terminar de desprenderse. Un camino de piedras de rio parte del costado izquierdo de la casa hacia los tinacales y el troje que se encuentran a medio kilómetro de esta; las calpanerias para los trabajadores y los macheros para los animales de tiro, pertenecen al casco de la hacienda que descansa como un cadáver descomunal en la parte opuesta de la arquería de la entrada.

En la parte más alejada del acceso principal, las raíces de los chopos estrangulan la arquitectura de las naves vacías en cuyos espacios abiertos hoy crecen ahuehuetes y malvas purpuras; ahí donde se almacenaron semillas y pernoctaron revolucionarios, crecen en maridajes improbables glicinas y pitayas, o helechos y oyameles, en un jardín regado por las lluvias de mayo que, lo mismo disuelven la memoria física de los difuntos, que se encharcan sobre el piso de tezontle azul de los salones virreinales. Las columnas que aún quedan en pie, están cubiertas con madreselvas y buganvilias silvestres; en el rellano de la escalera monumental hacen nido los tecolotes y entre los visillos de la balaustra barroca de la capilla, crece la yerbabuena y se incrustan los caracoles.

Durante los últimos días del siglo diecinueve los techos ardieron y las bóvedas se vinieron abajo; de entre sus escombros brotan las rosas negras que la gente llama luto de Juárez; aunque realmente no son flores negras; sino más bien purpuras.  a veces, cuando la calma se extiende más allá de la cordura, se escucha en los establos y el zaguán, a lo mejor también en los ranchos, un lamento que se alarga hasta consumir el aire que le da vida; si es un lamento de dolor o de tristeza, es imposible de discernir para las urracas pintas y las perdices de Moctezuma que son los únicos testigos vivos de este fenómeno. Quizá sea que los secretos de los señores del dinero viejo, aun flotan en el aire adquiriendo la naturaleza de los murmullos fantasmales, o que de la boca de los endriagos tallados en cantera verde, no solamente brotan ristras de campanelas salvajes. Con la caída de los siglos, los caminos a la hacienda se cerraron, el nombre de los amos se olvidó, la naturaleza reclamo su dominio, y las rosas negras cubrieron por completo las ruinas del soto.

Germán Raúl
México D.F 2011
gerzaty@hotmail.com




jueves, 28 de julio de 2011

EN LA ULTIMA FRONTERA DE LA SOLEDAD

El caserío de adobes blanqueados languidece  bajo las tolvaneras endémicas de la tierra muerta. Surge del suelo como una almena de olvidos cuarteados; sus muros, gruesos y antiguos, están heridos por las balas y arañados por el viento. Se levanta en alguna parte del camino al norte en donde el salitre reclama su dominio. Su contorno se mira a lo lejos  como una fortaleza habitada por fantasmas; muere de sol tumbada sobre el suelo yermo.

En estos dominios del norte la soledad se acumula con los años; un día brota y te sorprende con la forma de un remolino. A veces eclosiona en el silencio de las horas desérticas; casi nuca anuncia su presencia.  En la última frontera mexicana  aprendes a no contemplar el ocaso, o alzar la mirada al cielo en las noches limpias y estrelladas. Aprendes a resguardarte de  los amaneceres fulgurantes porque en un descuido, el baldío se te viene encima con la ferocidad de los gatos salvajes. La soledad en el llano norteño se te mete por los ojos, se atora en tu garganta, te revuelca y te  ata. Si ya tienes el alma muy cansada  transgredes el instinto de conservación y te pierdes hasta donde la vista alcanza. Algunos saben que allende el horizonte sigue habiendo tierra, que se  llama Sonora y que si caminas sin detenerte, siguiendo las heridas del salitre, puedes llegar al mar; el más azul de todos, el más profundo y rico; se llama El Mar de Cortez. Invocarlo cuando te asfixias de llano en esta comarca estéril  puede salvarte la vida.

Germán Raúl
México D.F
gerzaty@hotmail.com

SOMOS LEGIÓN (TERROR)

SOMOS LEGION
Cerro la puerta de la habitación, se pasó las manos por el pelo revuelto y exhalo liberado. Toda la excitación sexual que lo enloqueció una hora antes había desaparecido; solo quería meterse bajo las sabanas y dormir. En el trayecto a la cama, lo detuvo la imagen de sí mismo en el espejo del armario, su piel desnuda adquiría en la sombra el tono azul del plenilunio,  pensó en la carnación de los muertos y en la luna proyectándose a través del balcón. Amaba en secreto la forma de su cuerpo; contemplarse desnudo le devolvía la vida; se sabía un egoísta. Se metió en la cama dispuesto a quedar dormido en los próximos minutos, bocarriba su mirada transitaría por las vigas añosas de la construcción colonial avenida en hotel de paso, alcanzaría con la imaginación los detalles del mobiliario que la penumbra difuminaba y soñaría con las historias improbables que en ese espacio habían nacido, tal vez historias de putas o de asesinos. 

Recordó los ojos profundos de la mujer que acababa de despedir en la puerta, aun percibía en su pecho el olor a maquillaje, la imagino muerta de frio, parada en la misma calle donde la conoció, sintió lastima y se quedó dormido. Entre sueños escucho unas risas que dispararon su instinto de conservación, al abrir los ojos alarmado, se dio cuenta que la sombra era más intensa y  que las risas eran casi imperceptibles; si la prostituta había regresado y estaba jugando a los escondites, como había podido entrar cuando él había asegurado la puerta recorriendo el pestillo. De un salto brinco de la cama, prendió la luz y abrió el armario, las risas habían callado y en el armario oscilaba, como un péndulo, un gancho de ropa tan vetusto como el hotel. Desconcertado miro en derredor, se asomó al balcón;  la profusa utilería de las calles más viejas de México guardaba silencio. No sabía que en las azoteas los gatos se movían entre lóbregas apariciones  y olían el miedo, tampoco sabía que él era el único huésped alojado en el hotel imperial. Aseguro la puerta nuevamente, apago la luz y regreso a la cama. 


Con la cabeza sobre la almohada recordó la mueca siniestra del recepcionista sin dientes cuando le daba la llave. Sintió un escalofrió que lo hizo temblar. Apenas hubo cerrado los ojos percibió una respiración profunda que se hacía más presente a cada segundo; si era la respiración de un hombre o un animal, no lo tenía claro; sin embargo, el terror lo paralizo cuando se percató que aquello que respiraba se encontraba bajo la cama, sin valor para moverse, o correr, o huir, intentó poner orden a los acontecimientos y dotarlos de una lógica, sorpresivamente vino a su memoria uno de los hombres que jugaban cartas en la recepción, el único que se distrajo del juego y les miro por un rato, mientras él y la prostituta esperaban la llave del cuarto. Recordó que al subir las escaleras, el hombre lacónico con los ojos muertos, le dijo algo que no comprendió, _somos legión.

La única respuesta coherente, se esforzó por convencerse a sí mismo,  era que la mujer había regresado y que estaba bajo la cama, que le jugaba una broma, o que le quería robar. Mas enojado que temeroso, hurgó con los brazos ahí donde pensó encontraría a la sexoservidora; sintió un cuerpo suave; lo sujeto con fuerza y lo jaló fuera de su refugio; era el cadáver de la mujer con quien había llegado. Se tambaleo intentando alcanzar la salida; golpeo el apagador eléctrico pero las luces no encendieron; a tientas encontró el pestillo y la manija de la puerta sin conseguir que se abriera,  la respiración de la bestia se había hecho más intensa y la sentía atrás de él. El aliento caliginoso de uno y legión se acercaba cada vez más; No se atrevió  a voltear.

Germán Raúl
México D.F
gerzaty@hotmail.com

LOS GIGANTES DE SANTA SOFÍA (FRAGMENTO)

Un anciano que decía tener más de cien años, refería una extraña mitología en el origen de los primeros habitantes de Santa Sofía del Desierto, cuyo nombre original era  tan diferente como impronunciable, hablaba de un mestizaje entre seres fantásticos ocurrido en las cavernas de los acantilados hacia tantos siglos como el mismo diluvio. El nombre de aquellos seres se había olvidado, no así su aspecto que describía la talla de los gigantes y la belleza de los ángeles. Las hembras siempre parían dos crías, y por alguna razón desconocida, nacían mayormente machos. Vivian casi doscientos años y adoraban al fuego como su dios máximo. Olían a muerte, contaba el anciano, pues eran una especie de vampiros necrófagos en tiempos de paz, y antropófagos activos en la guerra: se alimentaban con los enemigos capturados, bebían su sangre y se apoderaban de sus almas; acabaron en pocos años con las tribus vecinas, manteniendo despoblada toda el área que hoy ocupa Sonora Chihuahua y Arizona, apostillo el viejo con voz profunda.

El mito no explicaba porque los descendientes actuales de santa Sofía del desierto, habían perdido el tamaño de los gigantes, y sus costumbres estaban más cerca de las humanas que  de las vampíricas. La razón que daba el anciano era una que tenía que ver con la llegada de los españoles, la cruz y una santa llamada Gumara Normandía, en tiempos de la primera expedición hacia el norte de la Nueva España; la conversión a la fe católica de aquellos hijos de gigantes, así como la promesa de construir una catedral con sus propias manos como penitencia, les habría liberado de la naturaleza diabólica con que habían llegado al mundo: Dios los había perdonado dándoles la apariencia de los humanos y devolviéndole a las flores su aroma natural; las rosas cultivadas en aquella tierra no volverían oler a muerte, aunque nunca crecieron rosas en el desierto mexicano, ni hubiera natural de la región, que haya tenido en sus manos una flor viva.  Un  anciano de memoria prodigiosa y ojos enérgicos, era el último depositario de aquella historia transmitida oralmente durante milenios. 


Germán Raul
México D.f
gerzaty@hotmail.com